lunes, 25 de enero de 2010

Como voy todos los días o casi todos al macDonalds de Rivadavia y Uriburu a jugar al pelotero que hay allí con mi hijo, voy a poner este poema que encontré en internet de un español llamado Manuel Vilas. No es que me encante este poeta, leí otro de él sobre que le mira "las bragas" a una camarera y me pareció horrible, sospecho que en general es un poeta quejoso, not my cup of tea, pero este me gustó no sé, quizás porque voy mucho a mac donalds y mac donalds se ha vuelto el lugar donde saco mi libretita y escribo


MacDonald’s



Estoy en el MacDonald’s de la Plaza de España de Zaragoza,
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que
resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
Y está sentado, quieto,
En su trono, la negritud y el niño,
En el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

MacDonald’s siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
Una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por res euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo.
Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo.,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice “I’m lovin’ it”.
Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro l nata comerse el tacón de
mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen hamburguesa goteante,
Cada boca en un extremo, y se marchan y
se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan.
Y se despedazan.
En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida,
baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald’s sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.

Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald’s
de la Plaza de España de Zaragoza,
pero no sé qué es.
No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de
muerte.
En MacDonald’s, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.


Manuel Vila

3 comentarios:

chino barrales dijo...

siempre me acuerdo de este poema, me parece excelente

santa dijo...

si, esta muy bueno. me gusta.
tambien aprovecho para decir que me encanta el que pusiste de llach y la bicicleta!
aquella entrada vieja, la lei hace poco.

hermano dijo...

Que rico desayunar en McDonald's.

Que rico.

Diario, tranqui. Nadie te jode.